¿Qué niegan los negacionistas?
La negación como mecanismo psicológico frente a la angustia que produce un mundo demasiado complejo.
La negación está de moda. La pandemia de COVID-19, como sucede con todas las crisis, ha desencadenado una avalancha de posturas paranoides y teorías de la conspiración que tienen como lugar común la negación de segmentos relevantes de la realidad. Vosotros, al igual que yo, habéis escuchado muchas creencias, algunas acompañadas de argumentos pseudológicos, otras de demostraciones creativas y las más de ellas de pruebas delirantes. Desde que el virus fue creado en un laboratorio de ingeniería genética, hasta que el virus no existe, pasando por que es un efecto de las torres de telefonía 5G; desde que el virus lo diseñaron los laboratorios farmacológicos para vendernos vacunas, hasta que es una maniobra del Club de Bilderberg, los Illuminati de Baviera, los masones y otros grupos de las élites económicas para instaurar el Nuevo Orden Mundial; desde que los gobiernos europeos se lo encargaron a los chinos para disminuir la sobrepoblación mundial o deshacerse de los jubilados para ahorrarse las pensiones, hasta que Bill Gates quiere usar las vacunas para instalar en cada ciudadano del planeta un chip que espíe todas sus acciones. La mayoría de ellas son formas de negar la realidad y la ansiedad que esta genera, sustituyéndola por una realidad alternativa más simple, más fácil de comprender y, por ello, menos angustiosa.
La verdad es que la negación no es nada nuevo. Aunque ahora esté de moda y haya variedad de manifestaciones, siempre ha estado aquí, entre nosotros. Quién no ha escuchado que los norteamericanos no han llegado a la luna, sino que Stanley Kubrick lo filmó todo en el mismo set de 2001: Una odisea del espacio; o que la tierra es plana, o que está hueca y se accede a ella por un agujero en la Antártida; que Elvis Presley y Michael Jackson no han muerto; que los nazis al perder la guerra se refugiaron en la luna; que existe una raza de reptilianos provenientes del sistema estelar Alfa Draconis y que viven desde hace cientos de años en este planeta en ciudades subterráneas; o que el Holocausto no existió. Y pare usted de contar, ya que podría llenar tomos solo enumerándolas.
El negacionismo ilustrado
«Me han dicho que son médicos y biólogos —alegaba un conocido con respecto a un grupo de negacionistas—, ellos saben de lo que hablan». También era médico, con una especialidad en ginecología, mi paciente, la madre de una niña de ocho años que se negaba a que su hija tomase la medicación para la epilepsia que un neurólogo infantil le había prescrito. «Ha tenido trece episodios en sus ocho años de vida y ninguno sucedió fuera de casa. ¿Entiendes? —me decía—. Ninguno en casa de otra persona o en el colegio o en la calle. Eso deja claro que está actuando, quiere llamar la atención». Y esa era para ella evidencia suficiente para negar el dictamen de un especialista en el área y los resultados de los electroencefalogramas.
Era biólogo el padre de un niño autista que insistía en que aquello no era autismo, sino timidez; que la culpa era de la madre por consentirlo tanto y la solución: «mandarlo a un campamento durante un mes para que se le quiten esas "mariconerías"». Sí. Hay gente con formación profesional entre los negacionistas y no hay nada peor que la negación ilustrada. Ellos encuentran la corroboración de sus teorías no en los hechos, en las pruebas o en los argumentos respaldados por la evidencia, sino en la falta de respuestas de los que todavía se encuentran buscándolas.
Toda explicación vale para alejar el dolor («eso no puede estar pasando»), la vergüenza («eso no puede estar pasándome a mí») o la culpa («yo no soy responsable de eso»). Pero la negación siempre tiene consecuencias; individuales o colectivas, pero siempre hay alguien pagando el precio de la negación de otros. Como fue el caso cuando el presidente de Sudáfrica, Thabo Mbeki, y su ministra de Salud, «hartos de las mentiras de la ciencia», prohibieron el uso de retrovirales y se propusieron curar el sida con remolacha, espinacas, limón y aceite; durante los nueve años de mandato en su país murieron 365.000 personas de sida (Chigwedere et al., 2008). O quizás sea más justo decir que un presidente alucinado por una creencia negacionista condenó a muerte a 365.000 personas.
Los patrones del negacionismo
«Pero no son fanáticos aislados —insistía este conocido—. Están organizados y financiados, hay grupos de poder e influencia que creen en lo que ellos postulan». Pues es cierto. Ahora bien, ¿quién los financia? Él no lo sabe y yo tampoco. Lo que sí he podido constatar es que una médica argentina, que asegura haber sido despedida de su trabajo por tratar de revelar «la verdad» sobre la pandemia, tiene varias cuentas de crowdfunding en las que recibe dinero de los benefactores que le ha ganado su elocuencia.
Hay negacionismo por interés económico directo: la industria tabacalera financiando estudios que dudaban del vínculo entre tabaco y cáncer durante décadas (Oreskes & Conway, 2010); las petroleras negando el cambio climático mientras sabían internamente que era real (Supran & Oreskes, 2017). Hay negacionismo por desconfianza histórica legítima: comunidades afroamericanas que recuerdan el experimento Tuskegee —donde el gobierno estadounidense dejó morir a hombres negros con sífilis sin tratarlos— y desconfían de las vacunas por razones que, aunque exageradas, tienen raíz en abusos reales (Gamble, 1997). Y hay negacionismo por resistencia política: movimientos que se oponen a las vacunas no por los efectos secundarios, sino porque las perciben como imposición del Estado, como símbolo de un sistema que rechazan.
Este último grupo merece atención especial. Los negacionistas por resistencia política son incapaces de diferenciar, dentro del sistema, a los científicos serios de los intereses políticos y económicos. Para ellos, todo es lo mismo: el gobierno, las farmacéuticas, los medios, los científicos que trabajan en universidades públicas, los que publican en revistas con revisión por pares. Todo forma parte de «la trama». Esta incapacidad de distinguir beneficia, curiosamente, a intereses políticos de ambas alas del espectro. La extrema derecha populista usa el negacionismo para atacar instituciones científicas que percibe como «progresistas». La extrema izquierda anti-sistema lo usa para atacar a las «corporaciones farmacéuticas» y al «capitalismo médico». Ambos bandos, aunque se odien entre sí, convergen en deslegitimar el consenso científico. Y en el medio quedan los ciudadanos comunes, confundidos, sin saber en qué creer.
El chip que ya llevamos puesto
No creo que las personas que representan a los laboratorios farmacológicos, al sistema, a las élites económicas o a las sociedades científicas sean inocentes. Tienen sus intereses sociales y económicos, como cada persona que percibe un sueldo, cobra una hora de consulta o invierte dinero en una fundación; también pueden tener problemas de salud y algunos de salud mental; pero no creo que todos carezcan por completo de principios éticos. La maldad existe, también la bondad, la sagacidad y la ingenuidad.
¿En qué lugar se encuentran los que acusan al sistema de querer hacernos lo que ya hemos consentido que nos haga?, ¿los que aseguran que Bill Gates quiere ponernos, por medio de la vacuna, a cada ser humano un chip para espiarnos? No sé si Bill Gates desea tal cosa, pero si el chip en cuestión costase tan poco como un dólar por unidad, ponernos uno a cada uno de los seres humanos excedería en seis veces la fortuna del fundador de Microsoft. En cambio, los esclarecidos negacionistas que llenaron la Plaza del Sol en Madrid en medio de la segunda ola de la pandemia y sin portar mascarillas ignoraban que el chip ya lo tenían consigo y que nadie se los había regalado, se tomaban selfies con él a voluntad y encantados de la vida, para luego subirlas a las redes sociales. Eso no solo es negar la complejidad de la realidad, también es ignorar el papel que cada uno juega en ella.
Bill Gates no te va a hacer trampa para ponerte un chip; ya te lo puso y te lo cobró a mucho más que un dólar. Y tú encantado, encantada o encantade.
Las objeciones legítimas
Ahora bien, antes de seguir, reconozcamos las objeciones legítimas. Sí, las farmacéuticas tienen conflictos de interés. Sí, han ocultado datos adversos en el pasado. Sí, hay casos documentados de efectos secundarios graves de vacunas, incluyendo miocarditis en jóvenes varones con las vacunas de ARNm contra COVID-19 (Patone et al., 2022). Pero aquí está la manipulación negacionista: toman esos casos, los multiplican retóricamente y ocultan dos datos cruciales.
Primero: esos efectos adversos están anunciados, son conocidos, monitorizados y, lo más importante, son diminutos en comparación con los beneficios. La miocarditis post-vacuna ocurre en aproximadamente 40-60 casos por millón de dosis en jóvenes varones (datos de los CDC citados en Patone et al., 2022). La miocarditis post-COVID, en cambio, ocurre en aproximadamente 450 casos por millón de infecciones (Patone et al., 2022). Es decir, es casi diez veces más probable tener miocarditis por la enfermedad que por la vacuna.
Segundo: el riesgo de no vacunarse es infinitamente superior al del efecto secundario adverso. Las vacunas contra COVID-19 han prevenido millones de muertes. Un estudio del Imperial College London estimó que las vacunas evitaron más de 14 millones de muertes en 185 países durante el primer año de vacunación (Watson et al., 2022). Catorce millones. Los efectos adversos graves, por trágicos que sean para quienes los sufren, se cuentan en miles. La relación beneficio/riesgo es abrumadoramente positiva. Esto no es opinión. Son datos.
La ciencia no es la ausencia de efectos adversos. Es la evaluación honesta de beneficios y riesgos.
La angustia y sus defensas
Algunas preguntas básicas pueden servir para que nos orientemos en la comprensión de este fenómeno. ¿Cómo podemos entender la negación? Como punto de partida para iniciar la explicación, la negación debe ser entendida como un mecanismo desesperado de una psique escasa de recursos para afrontar la realidad, insuficiente para adaptarse a ella e incapaz de transformarla.
¿Qué es en realidad lo que niegan los negacionistas de maneras tan diversas y creativas como delirantes? Niegan la angustiosa complejidad del mundo, niegan que la realidad se ha vuelto tan complicada que no es posible tener presentes al tiempo todas las variables que hacen que el mundo se mueva en las direcciones en las que lo hace, y de esa manera mitigan la angustia existencial de vivir en esta realidad que cada vez se vuelve más complicada. La ciencia, la tecnología, la política, la economía y todos los factores que afectan nuestra vida están guiados por tantos vectores de influencia que es imposible para una mente individual comprenderlos y aprehenderlos en simultáneo, y eso produce angustia. Entonces reducen el mundo a un esquema simplificado, a un bosquejo irreconocible, a una caricatura para intentar comprenderlo.
En 1916, en la lección número 25 de las Lecciones introductorias al psicoanálisis, Freud conceptualizó la angustia como una señal de alarma del organismo. En su trabajo Inhibición, síntoma y angustia, escrito en 1925, explicó cómo esta señal de alarma es desencadenada por el yo ante un peligro externo o interno y cómo reacciona el individuo ante el surgimiento de ella; ya sea resolviendo la situación de amenaza o, cuando esta sobrepasa los recursos que necesita para solucionarla, produciendo una serie de mecanismos de defensa que tienen como función atenuarla antes de que ella desorganice las funciones psicológicas que se requieren para seguir funcionando.
Investigaciones posteriores en el marco de las neurociencias han demostrado que el cerebro produce la desagradable sensación de angustia o ansiedad como una manera de alertar al organismo de la presencia de una amenaza que debe atender (LeDoux, 1996). La angustia es tan perturbadora y desestructurante que, cuando el individuo no puede resolver la situación de amenaza y la angustia no se «apaga», termina echando mano a una serie de mecanismos que tienen como finalidad atenuarla o relegarla a estratos más alejados de la consciencia. La negación es uno de estos mecanismos.
Personalidades frente a la angustia
De manera sucinta, podemos plantear que el individuo en cuya personalidad predominan los rasgos evitativos intentará deshacerse de la angustia haciendo cosas como sumergirse en las profundidades insondables de las plataformas de streaming, en los juegos de video, en los libros, o cualquier cosa que le evite pensar mucho en el asunto. Aquellos en cuyas personalidades abunden los rasgos dependientes buscarán a alguien que les revele la verdad de las cosas y les diga qué hacer con ella; estos son pasto de los personajes carismáticos y narcisistas; son los que creerán cualquier cosa si la asegura aquel o aquellos de cuya preclaridad han decidido depender.
Existen quienes tienen personalidades en las que abundan los rasgos paranoides; estos mirarán con desconfianza hacia todos lados buscando un culpable, leerán las noticias con suspicacia tratando de encontrar a los responsables de todo y de entrever sus oscuros propósitos; van a ser quienes proporcionen a los narcisistas las teorías de las que se van a apropiar y adornar luego con argumentos más verosímiles.
Por su parte, los narcisistas combaten la angustia coleccionando admiradores, adeptos a su visión del mundo, una en la que ellos son los elegidos, los superiores, los únicos que poseen la verdad; y la cuentan con elocuencia, apoyados en el carisma natural que es uno de los rasgos sintomáticos del narcisismo; en sus palabras y gestos teatrales encuentran veracidad los planteamientos más descabellados.
Existen algunas personas con una estrategia distinta para enfrentar la angustia: las que cuentan con abundantes rasgos obsesivos en la personalidad. Estas pretenden domesticar la realidad desde adentro, comprendiendo los intríngulis de su dinámica, metiéndose de narices en la complejidad e insistiendo maniáticamente hasta abarcarla; son los que pueblan los laboratorios de investigación, las bibliotecas, los congresos científicos.
La salud o la enfermedad de la personalidad estriba en el equilibrio; cuando un rasgo o grupo de ellos predomina sobre los demás aparece la patología.
Los buenos, los malos y los tontos
Los negacionistas niegan que la narrativa de la realidad se ha vuelto demasiado complicada para ser metabolizada por una mente escasa de recursos emocionales y, en consecuencia, pretenden forzar la trama de la realidad hacia un discurso primitivo, simplificado y polar donde los territorios están bien demarcados, la incertidumbre es manejable y el carácter de los elementos del mundo es claro e inmutable. Esto equivale a decir que traducen los sucesos que viven en argumentos maniqueos y simplones donde hay buenas y malas personas y buenas y malas intenciones, sin más matices ni complejidades.
De tal manera, dividen el mundo en tres tipos de personas: los buenos, los malos y los tontos. Los primeros no solo albergan buenas intenciones, sino que además han descubierto la trama maligna de los segundos, y los tontos, pues, son tontos, viven su vida sin darse cuenta de que los malos los utilizan. Naturalmente, los negadores se encuentran entre los buenos y preclaros que han visto lo que nadie más ha visto.
La estructura de los buenos, los malos y los tontos está implícita en los nombres que han escogido para que los representen: «Médicos por la verdad» o «Periodistas por la verdad», y en los eslóganes que sueltan a los cuatro vientos: «Apaga la TV, cierra el periódico e infórmate», «La pandemia es mentira». ¿Si hay médicos y periodistas por la verdad significa que todos los que no pertenecen a esa agrupación van por la mentira? ¿Son malos o tontos? La primera y más importante de las simplificaciones negacionistas es que la verdad es una sola, absoluta y suya, y no una construcción social, multifactorial y compleja.
Negar y rehusarse a aceptar
Hay quien podría afirmar que todos somos un poco negacionistas y tendría, sin temer a la incongruencia, que darle la razón. No obstante, quiero señalar que hay dos formas distintas de no aceptar la realidad: una es negarla y otra muy diferente es rehusarse a aceptar sus consecuencias. La primera postura abunda en explicaciones ilusorias («esto no está pasando, es un complot»); la segunda en estrategias, procedimientos, en soluciones («esto está pasando, ¿qué hacemos?»). El negacionista niega el problema; el escéptico saludable acepta el problema pero cuestiona las soluciones propuestas. No es lo mismo.
Y aquí está la clave: la ciencia no es infalible. Tiene crisis de replicabilidad (muchos estudios no se pueden replicar), publicaciones retractadas por fraude, conflictos de interés y un sistema de «publicar o perecer» que incentiva resultados espectaculares (Baker, 2016). Pero a diferencia del negacionismo, la ciencia tiene mecanismos de autocorrección: revisión por pares, replicación independiente, corrección pública de errores. El negacionismo, en cambio, no se corrige. Cuando un estudio se retracta, los negacionistas lo siguen citando como si fuera válido (Lewandowsky et al., 2017). La ciencia admite que puede estar equivocada; el negacionismo no.
En síntesis, y para responder la pregunta que da título a este ensayo, los negacionistas niegan la incertidumbre, la complejidad, la fatalidad, su propia fragilidad, la muerte misma; las sustancias con que construimos la realidad. Niegan que el mundo es complicado y que navegarlo requiere esfuerzo cognitivo, humildad intelectual y tolerancia a la ambigüedad. Prefieren un mundo simple donde los villanos son identificables, las soluciones son obvias y ellos son los héroes que han visto lo que nadie más ha visto.
Es más cómodo. Pero es falso.
Referencias
Baker, M. (2016). 1,500 scientists lift the lid on reproducibility. Nature, 533(7604), 452-454.
Chigwedere, P., Seage, G. R., Gruskin, S., Lee, T. H., & Essex, M. (2008). Estimating the lost benefits of antiretroviral drug use in South Africa. Journal of Acquired Immune Deficiency Syndromes, 49(4), 410-415.
Gamble, V. N. (1997). Under the shadow of Tuskegee: African Americans and health care. American Journal of Public Health, 87(11), 1773-1778.
LeDoux, J. E. (1996). The Emotional Brain: The Mysterious Underpinnings of Emotional Life. Simon & Schuster.
Lewandowsky, S., Ecker, U. K. H., & Cook, J. (2017). Beyond misinformation: Understanding and coping with the "post-truth" era. Journal of Applied Research in Memory and Cognition, 6(4), 353-369.
Oreskes, N., & Conway, E. M. (2010). Merchants of Doubt: How a Handful of Scientists Obscured the Truth on Issues from Tobacco Smoke to Global Warming. Bloomsbury Press.
Patone, M., Mei, X. W., Handunnu, D., et al. (2022). Risks of myocarditis, pericarditis, and cardiac arrhythmias associated with COVID-19 vaccination or SARS-CoV-2 infection. Nature Medicine, 28(2), 410-422.
Santabárbara, J., Bueno-Notivol, J., Lipnicki, D. M., et al. (2021). Prevalence of anxiety during the COVID-19 pandemic: A systematic review and meta-analysis of over 2 million people. Journal of Affective Disorders, 278, 670-678.
Supran, G., & Oreskes, N. (2017). Assessing ExxonMobil's climate change communications (1977-2014). Environmental Research Letters, 12(8), 084019.
Watson, O. J., Barnsley, L., Charlett, A., et al. (2022). Global impact of the first year of COVID-19 vaccination: A mathematical modelling study. The Lancet Infectious Diseases, 22(9), 1293-1302.